Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Unos baños de mar me dejarÃan como nueva. ―Y tÃa Philips asegura que a mà también me sentarÃan muy bien ―añadió Catherine.
Estas lamentaciones resonaban de continuo en la casa de Longbourn. Elizabeth trataba de mantenerse aislada, pero no podÃa evitar la vergüenza. ReconocÃa de nuevo la justicia de las observaciones de Darcy, y nunca se habÃa sentido tan dispuesta a perdonarle por haberse opuesto a los planes de su amigo.
Pero la melancolÃa de Lydia no tardó en disiparse, pues recibió una invitación de la señora Forster, la esposa del coronel del regimiento, para que la acompañase a Brighton. Esta inapreciable amiga de Lydia era muy joven y hacÃa poco que se habÃa casado. Como las dos eran igual de alegres y animadas, congeniaban perfectamente y a los tres meses de conocerse eran ya Ãntimas.
El entusiasmo de Lydia y la adoración que le entró por la señora Forster, la satisfacción de la señora Bennet, y la mortificación de Catherine, fueron casi indescriptibles. Sin preocuparse lo más mÃnimo por el disgusto de su hermana, Lydia corrió por la casa completamente extasiada, pidiendo a todas que la felicitaran, riendo y hablando con más Ãmpetu que nunca, mientras la pobre Catherine continuaba en el salón lamentando su mala suerte en términos poco razonables y con un humor de perros.