Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Si Lydia o su madre hubiesen sabido lo que Elizabeth había estado hablando con su padre, su indignación no habría tenido límites. Una visita a Brighton era para Lydia el dechado de la felicidad terrenal. Con su enorme fantasía veía las calles de aquella alegre ciudad costera plagada de oficiales; se veía a sí misma atrayendo las miradas de docenas y docenas de ellos que aún no conocía. Se imaginaba en mitad del campamento, con sus tiendas tendidas en la hermosa uniformidad de sus líneas, llenas de jóvenes alegres y deslumbrantes con sus trajes de color carmesí; y para completar el cuadro se imaginaba a sí misma sentada junto a una de aquellas tiendas y coqueteando tiernamente con no menos de seis oficiales a la vez.
Si hubiese sabido que su hermana pretendía arrebatarle todos aquellos sueños, todas aquellas realidades, ¿qué habría pasado? Sólo su madre habría sido capaz de comprenderlo, pues casi sentía lo mismo que ella. El viaje de Lydia a Brighton era lo único que la consolaba de su melancólica convicción de que jamás lograría llevar allí a su marido.
Pero ni la una ni la otra sospechaban lo ocurrido, y su entusiasmo continuó hasta el mismo día en que Lydia salió de casa.