Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio

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Wickham pareció sorprendido, molesto y alarmado; pero se repuso en seguida y con una sonrisa contestó que en otro tiempo le veía a menudo. Dijo que era todo un caballero y le preguntó si le había gustado. Elizabeth respondió que sí con entusiasmo. Pero después Wickham añadió, con aire indiferente:

―¿Cuánto tiempo dice que estuvo el coronel en Rosings?

―Cerca de tres semanas.

―¿Y le veía con frecuencia?

―Casi todos los días.

―Es muy diferente de su primo.

―Sí, en efecto. Pero creo que el señor Darcy gana mucho en cuanto se le trata.

―¡Vaya! ―exclamó Wickham con una mirada que a Elizabeth no le pasó inadvertida―. ¿En qué? ―pero, reprimiéndose, continuó en tono más jovial―: ¿En los modales? ¿Se ha dignado portarse más correctamente que de costumbre? Porque no puedo creer ―continuó en voz más baja y seria― que haya mejorado en lo esencial.

―¡Oh, no! En lo esencial sigue siendo el de siempre.


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