Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Para Elizabeth, el nombre de Derbyshire iba unido a muchas otras cosas. Le hacÃa pensar en Pemberley y en su dueño. «Pero ―se decÃa― podré entrar en su condado impunemente y hurtarle algunas piedras sin que él se dé cuenta.»
La espera se le hizo entonces doblemente larga. Faltaban cuatro semanas para que llegasen sus tÃos. Pero, al fin, pasaron y los señores Gardiner se presentaron en Longbourn con sus cuatro hijos. Los niños ―dos chiquillas de seis y ocho años de edad respectivamente, y dos varones más pequeños― iban a quedar bajo el cuidado especial de su prima Jane, favorita de todos, cuyo dulce y tranquilo temperamento era ideal para instruirlos, jugar con ellos y quererlos.
Los Gardiner durmieron en Longbourn aquella noche y a la mañana siguiente partieron con Elizabeth en busca de novedades y esparcimiento. TenÃan un placer asegurado: eran los tres excelentes compañeros de viaje, lo que suponÃa salud y carácter a propósito para soportar incomodidades, alegrÃa para aumentar toda clase de felicidad, y cariño e inteligencia para suplir cualquier contratiempo.