Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio La señora Gardiner censuró su tonterÃa.
―Si sólo se tratase de una casa ricamente amueblada ―dijo― tampoco me interesarÃa a mÃ; pero la finca es una maravilla. Contiene uno de los más bellos bosques del paÃs.
Elizabeth no habló más, pero ya no tuvo punto de reposo. Al instante pasó por su mente la posibilidad de encontrarse con Darcy mientras visitaban Pemberley. ¡SerÃa horrible! Sólo de pensarlo se ruborizó, y creyó que valdrÃa más hablar con claridad a su tÃa que exponerse a semejante riesgo. Pero esta decisión tenÃa sus inconvenientes, y resolvió que no la adoptarÃa más que en el caso de que sus indagaciones sobre la ausencia de la familia del propietario fuesen negativas.
En consecuencia, al irse a descansar aquella noche preguntó a la camarera si Pemberley era un sitio muy bonito, cuál era el nombre de su dueño y por fin, con no poca preocupación, si la familia estaba pasando el verano allÃ. La negativa que siguió a esta última pregunta fue la más bien recibida del mundo. Desaparecida ya su inquietud, sintió gran curiosidad hasta por la misma casa, y cuando a la mañana siguiente se volvió a proponer el plan y le consultaron, respondió al instante, con evidente aire de indiferencia, que no le disgustaba la idea.