Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio En la galerÃa habÃa también varios retratos de familia, pero no era fácil que atrajesen la atención de un extraño. Elizabeth los recorrió buscando el único retrato cuyas facciones podÃa reconocer. Al llegar a él se detuvo, notando su sorprendente exactitud. El rostro de Darcy tenÃa aquella misma sonrisa que Elizabeth le habÃa visto cuando la miraba. Permaneció varios minutos ante el cuadro, en la más atenta contemplación, y aun volvió a mirarlo antes de abandonar la galerÃa. La señora Reynolds le comunicó que habÃa sido hecho en vida del padre de Darcy.
Elizabeth sentÃa en aquellos momentos mucha mayor inclinación por el original de la que habÃa sentido en el auge de sus relaciones. Las alabanzas de la señora Reynolds no eran ninguna nimiedad. ¿Qué elogio puede ser más valioso que el de un criado inteligente? ¡Cuánta gente tenÃa puesta su felicidad en las manos de Darcy en calidad de hermano, de propietario y de señor! ¡Cuánto placer y cuánto dolor podÃa otorgar! ¡Cuánto mal y cuánto bien podÃa hacer! Todo lo dicho por el ama de llaves le enaltecÃa. Al estar ante el lienzo en el que él estaba retratado, le pareció a Elizabeth que sus ojos la miraban, y pensó en su estima hacia ella con una gratitud mucho más profunda de la que antes habÃa sentido; Elizabeth recordó la fuerza y el calor de sus palabras y mitigó su falta de decoro.