Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Darcy la invitó entonces a pasar a la casa, pero Elizabeth declaró que no estaba cansada y esperaron juntos en el césped. En aquel rato podÃan haber hablado de muchas cosas, el silencio resultaba violento. Ella querÃa hablar pero tenÃa la mente en blanco y todos los temas que se le ocurrÃan parecÃan estar prohibidos. Al fin recordó su viaje, y habló de Matlock y Dove Dale con gran perseverancia. El tiempo pasaba, su tÃa andaba muy despacio y la paciencia y las ideas de Elizabeth se agotaban antes de que acabara el tete-à -tete. Cuando llegaron los señores Gardiner, Darcy les invitó a todos a entrar en la casa y tomar un refrigerio; pero ellos se excusaron y se separaron con la mayor cortesÃa. Darcy les acompañó hasta el coche y cuando éste echó a andar, Elizabeth le vio encaminarse despacio hacia la casa.
Entonces empezaron los comentarios de los tÃos; ambos declararon que Darcy era superior a cuanto podÃa imaginarse.
―Su educación es perfecta y su elegancia y sencillez admirables ―dijo su tÃo.
―Hay en él un poco de altivez ―añadió la tÃa pero sólo en su porte, y no le sienta mal. Puedo decir, como el ama de llaves, que aunque se le tache de orgulloso, no se le nota nada.