Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Lo es, en efecto; pero considerando lo que le induce, querida Eliza, no podemos dudar de su cortesÃa; porque, ¿quién podrÃa rechazar una pareja tan encantadora?
Elizabeth les miró con coqueterÃa y se retiró. Su resistencia no le habÃa perjudicado nada a los ojos del caballero, que estaba pensando en ella con satisfacción cuando fue abordado por la señorita Bingley.
―Adivino por qué está tan pensativo.
―Creo que no.
―Está pensando en lo insoportable que le serÃa pasar más veladas de esta forma, en una sociedad como ésta; y por supuesto, soy de su misma opinión. Nunca he estado más enojada. ¡Qué gente tan insÃpida y qué alboroto arman! Con lo insignificantes que son y qué importancia se dan. DarÃa algo por oÃr sus crÃticas sobre ellos.
―Sus conjeturas son totalmente equivocadas. Mi mente estaba ocupada en cosas más agradables. Estaba meditando sobre el gran placer que pueden causar un par de ojos bonitos en el rostro de una mujer hermosa.
La señorita Bingley le miró fijamente deseando que le dijese qué dama habÃa inspirado tales pensamientos. El señor Darcy, intrépido, contestó:
―La señorita Elizabeth Bennet.