Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―¡Yo no voy a escaparme, papá! ―gritó Catherine furiosa―. Si yo hubiese ido a Brighton, me habrÃa portado mejor que Lydia.
―¡Tú a Brighton! ¡No me fiarÃa de ti ni que fueras nada más que a la esquina! No, Catherine. Por fin he aprendido a ser cauto, y tú lo has de sentir. No volverá a entrar en esta casa un oficial aunque vaya de camino. Los bailes quedarán absolutamente prohibidos, a menos que os acompañe una de vuestras hermanas, y nunca saldréis ni a la puerta de la casa sin haber demostrado que habéis vivido diez minutos del dÃa de un modo razonable.
Catherine se tomó en serio todas estas amenazas y se puso a llorar.
―Bueno, bueno ―dijo el señor Bennet―, no te pongas asÃ. Si eres buena chica en los próximos diez años, en cuanto pasen, te llevaré a ver un desfile.