Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―SÃ, sÃ, deben casarse. No se puede hacer otra cosa. Pero hay dos puntos que quiero aclarar: primero, cuánto dinero ha adelantado tu tÃo para resolver eso, y segundo, cómo voy a pagárselo.
―¿Dinero, mi tÃo? ―preguntó Jane―. ¿Qué quieres decir?
―Digo que no hay hombre en su sano juicio que se case con Lydia por tan leve tentación como son cien libras anuales durante mi vida y cincuenta cuando yo me muera.
―Es muy cierto ―dijo Elizabeth―; no se me habÃa ocurrido. ¡Pagadas sus deudas y que todavÃa quede algo! Eso debe de ser obra de mi tÃo. ¡Qué hombre tan bueno y generoso! Temo que esté pasando apuros, pues con una pequeña cantidad no se hace todo eso.
―No ―dijo el señor Bennet―, Wickham es un loco si acepta a Lydia por menos de diez mil libras. SentirÃa juzgarle tan mal cuando vamos a empezar a ser parientes.
―¡Diez mil libras! ¡No lo quiera Dios! ¿Cuándo podrÃamos pagar la mitad de esa suma?
El señor Bennet no contestó, y, ensimismados todos en sus pensamientos, continuaron en silencio hasta llegar a la casa. El padre se metió en la biblioteca para escribir, y las muchachas se fueron al comedor.