Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio No temÃa la indiscreción de Darcy; pocas personas le inspiraban más confianza que él; pero le mortificaba que supiese la flaqueza de su hermana. Y no por el temor de que le acarrease a ella ningún perjuicio, porque de todos modos el abismo que parecÃa mediar entre ambos era invencible. Aunque el matrimonio de Lydia se hubiese arreglado de la manera más honrosa, no se podÃa suponer que Darcy quisiera emparentar con una familia que a todos sus demás reparos iba a añadir ahora la alianza más Ãntima con el hombre que con tanta justicia Darcy despreciaba.
Ante una cosa asà era natural que Darcy retrocediera. El deseo de ganarse el afecto de Elizabeth que ésta habÃa adivinado en él en Derbyshire, no podÃa sobrevivir a semejante golpe. Elizabeth se sentÃa humillada, entristecida, y llena de vagos remordimientos. Ansiaba su cariño cuando ya no podÃa esperar obtenerlo. QuerÃa saber de él cuando ya no habÃa la más mÃnima oportunidad de tener noticias suyas. Estaba convencida de que habrÃa podido ser feliz con él, cuando era probable que no se volvieran a ver.
«¡Qué triunfo para él ―pensaba― si supiera que las proposiciones que deseché con tanto orgullo hace sólo cuatro meses, las recibirÃa ahora encantada.»