Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―¡Ay, qué rara eres! Pero quiero contártelo. Ya sabes que nos casamos en San Clemente, porque el alojamiento de Wickham pertenecÃa a esa parroquia. HabÃamos acordado estar todos allà a las once. Mis tÃos y yo tenÃamos que ir juntos y reunirnos con los demás en la iglesia. Bueno; llegó la mañana del lunes y yo estaba que no veÃa. ¿Sabes? ¡TenÃa un miedo de que pasara algo que lo echase todo a perder, me habrÃa vuelto loca! Mientras me vestÃ, mi tÃa me estuvo predicando dale que dale como si me estuviera leyendo un sermón. Pero yo no escuché ni la décima parte de sus palabras porque, como puedes suponer, pensaba en mi querido Wickham, y en si se pondrÃa su traje azul para la boda.