Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Se levantó de su asiento y salió de su meditación al notar que alguien se aproximaba; y antes de que pudiera alcanzar otro sendero, Wickham la abordó.
―Temo interrumpir tu solitario paseo, querida hermana ―le dijo poniéndose a su lado.
―Asà es, en efecto ―replicó con una sonrisa―, pero no quiere decir que la interrupción me moleste.
―SentirÃa molestarte. Nosotros hemos sido siempre buenos amigos. Y ahora somos algo más.
―Cierto. ¿Y los demás, han salido?
―No sé. La señora Bennet y Lydia se han ido en coche a Meryton. Me han dicho tus tÃos, querida hermana, que has estado en Pemberley.
Elizabeth contestó afirmativamente.
―Te envidio ese placer, y si me fuera posible pasarÃa por allà de camino a Newcastle. Supongo que verÃas a la anciana ama de llaves. ¡Pobre señora Reynolds! ¡Cuánto me querÃa! Pero me figuro que no me nombrarÃa delante de vosotros.
―SÃ, te nombró.
―¿Y qué dijo?
―Que habÃas entrado en el ejército y que andabas en malos pasos. Ya sabes que a tanta distancia las cosas se desfiguran.