Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Estaba ya casi a la puerta de la casa, pues Elizabeth habÃa seguido paseando para quitárselo de encima. Por consideración a su hermana no quiso provocarle y sólo le dijo con una sonrisa:
―Vamos, Wickham; somos hermanos. No discutamos por el pasado. Espero que de ahora en adelante no tengamos por qué discutir.
Le dio la mano y él se la besó con afectuosa galanterÃa, aunque no sabÃa qué cara poner, y entraron en la casa.