Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio

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―Te lo digo, porque ésa es la rectoría que debía haber tenido yo. ¡Es un lugar delicioso! ¡Y qué casa parroquial tan excelente tiene! Me habría convenido desde todos los puntos de vista.

―¿Te habría gustado componer sermones?

―Muchísimo. Lo habría tomado como una parte de mis obligaciones y pronto no me habría costado ningún esfuerzo. No puedo quejarme, pero no hay duda de que eso habría sido lo mejor para mí. La quietud y el retiro de semejante vida habrían colmado todos mis anhelos. ¡Pero no pudo ser! ¿Le oíste a Darcy mencionar ese tema cuando estuviste en Kent?

―Supe de fuentes fidedignas que la parroquia se te legó sólo condicionalmente y a la voluntad del actual señor de Pemberley.

―¿Eso te ha dicho? Sí, algo de eso había; así te lo conté la primera vez, ¿te acuerdas?

―También oí decir que hubo un tiempo en que el componer sermones no te parecía tan agradable como ahora, que entonces declaraste tu intención de no ordenarte nunca, y que el asunto se liquidó de acuerdo contigo.

―Sí, es cierto. Debes recordar lo que te dije acerca de eso cuando hablamos de ello la primera vez.


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