Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Jamás he oÃdo nada que se le parezca.
―¿Y va usted a decirme también que no hay ningún fundamento de lo que le digo?
―No presumo de tanta franqueza como Su SeñorÃa. Usted puede hacerme preguntas que yo puedo no querer contestar.
―¡Es inaguantable! Señorita Bennet, insisto en que me responda. ¿Le ha hecho mi sobrino proposiciones de matrimonio?
―Su SeñorÃa ha declarado ya que eso era imposible.
―Debe serlo, tiene que serlo mientras Darcy conserve el uso de la razón. Pero sus artes y sus seducciones pueden haberle hecho olvidar en un momento de ceguera lo que debe a toda su familia y a sà mismo. A lo mejor le ha arrastrado usted a hacerlo.
―Si lo hubiese hecho, no serÃa yo quien lo confesara.
―Señorita Bennet, ¿sabe usted quién soy? No estoy acostumbrada a ese lenguaje. Soy casi el familiar más cercano que tiene mi sobrino en el mundo, y tengo motivos para saber cuáles son sus más caros intereses.
―Pero no los tiene usted para saber cuáles son los mÃos, ni el proceder de usted es el más indicado para inducirme a ser más explÃcita.