Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Como ves, el caballero en cuestión es el señor Darcy. Creo, Elizabeth, que te habrás quedado de una pieza. Ni Collins ni los Lucas podÃan haber escogido entre el cÃrculo de nuestras amistades un nombre que descubriese mejor que lo que propagan es un infundio. ¡El señor Darcy, que no mira a una mujer más que para criticarla, y que probablemente no te ha mirado a ti en su vida! ¡Es fenomenal!
Elizabeth trató de bromear con su padre, pero su esfuerzo no llegó más que a una sonrisa muy tÃmida. El humor de su padre no habÃa tomado nunca un derrotero más desagradable para ella.
―¿No te ha divertido?
―¡Claro! Sigue leyendo.
«Cuando anoche mencioné a Su SeñorÃa la posibilidad de ese casamiento, con su habitual condescendencia expresó su parecer sobre el asunto. Si fuera cierto, lady Catherine no darÃa jamás su consentimiento a lo que considera desatinadÃsima unión por ciertas objeciones a la familia de mi prima. Yo creà mi deber comunicar esto cuanto antes a mi prima, para que ella y su noble admirador sepan lo que ocurre y no se apresuren a efectuar un matrimonio que no ha sido debidamente autorizado.»
Y el señor Collins, además, añadÃa: