Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio

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―Sí. ¡Y las enaguas! ¡Si las hubieseis visto! Con más de una cuarta de barro. Y el abrigo que se había puesto para taparlas, desde luego, no cumplía su cometido.

―Tu retrato puede que sea muy exacto, Louisa ―dijo Bingley―, pero todo eso a mí me pasó inadvertido. Creo que la señorita Elizabeth Bennet tenía un aspecto inmejorable al entrar en el salón esta mañana. Casi no me di cuenta de que llevaba las faldas sucias.

―Estoy segura de que usted sí que se fijó, señor Darcy ―dijo la señorita Bingley―; y me figuro que no le gustaría que su hermana diese semejante espectáculo.

―Claro que no.

―¡Caminar tres millas, o cuatro, o cinco, o las que sean, con el barro hasta los tobillos y sola, completamente sola! ¿Qué querría dar a entender? Para mí, eso demuestra una abominable independencia y presunción, y una indiferencia por el decoro propio de la gente del campo.

―Lo que demuestra es un apreciable cariño por su hermana ―dijo Bingley.

―Me temo, señor Darcy ―observó la señorita Bingley a media voz―, que esta aventura habrá afectado bastante la admiración que sentía usted por sus bellos ojos.


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