Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Pues sÃ, me gusta ―replicó Elizabeth con lágrimas en los ojos―; le amo. Además no tiene ningún orgullo. Es lo más amable del mundo. Tú no le conoces. Por eso te suplico que no me hagas daño hablándome de él de esa forma.
―Elizabeth ―añadió su padre―, le he dado mi consentimiento. Es uno de esos hombres, además, a quienes nunca te atreverÃas a negarles nada de lo que tuviesen la condescendencia de pedirte. Si estás decidida a casarte con él, te doy a ti también mi consentimiento. Pero déjame advertirte que lo pienses mejor. Conozco tu carácter, Lizzy. Sé que nunca podrás ser feliz ni prudente si no aprecias verdaderamente a tu marido, si no le consideras como a un superior. La viveza de tu talento te pondrÃa en el más grave de los peligros si hicieras un matrimonio desigual. DifÃcilmente podrÃas salvarte del descrédito y la catástrofe. Hija mÃa, no me des el disgusto de verte incapaz de respetar al compañero de tu vida. No sabes lo que es eso.