Orgullo y prejuicio

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Sin embargo, en un acto de renovada bondad, al salir del comedor pasaron al cuarto de la enferma y se sentaron con ella hasta que las llamaron para el café. Jane se encontraba todavía muy mal, y Elizabeth no la dejaría hasta más tarde, cuando se quedó tranquila al ver que estaba dormida, y entonces le pareció que debía ir abajo, aunque no le apeteciese nada. Al entrar en el salón los encontró a todos jugando al loo, e inmediatamente la invitaron a que les acompañase. Pero ella, temiendo que estuviesen jugando fuerte, no aceptó, y, utilizando a su hermana como excusa, dijo que se entretendría con un libro durante el poco tiempo que podría permanecer abajo. El señor Hurst la miró con asombro.

―¿Prefieres leer a jugar?―le dijo―. Es muy extraño.

―La señorita Elizabeth Bennet ―dijo la señorita Bingley― desprecia las cartas. Es una gran lectora y no encuentra placer en nada más.

―No merezco ni ese elogio ni esa censura exclamó Elizabeth―. No soy una gran lectora y encuentro placer en muchas cosas.

―Como, por ejemplo, en cuidar a su hermana ―intervino Bingley―, y espero que ese placer aumente cuando la vea completamente repuesta.


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