Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―No sabÃa que estabais paseando ―dijo la señorita Bingley un poco confusa al pensar que pudiesen haberles oÃdo.
―Os habéis portado muy mal con nosotras ―respondió la señora Hurst― al no decirnos que ibais a salir.
Y, tomando el brazo libre del señor Darcy, dejó que Elizabeth pasease sola. En el camino sólo cabÃan tres. El señor Darcy se dio cuenta de tal descortesÃa y dijo inmediatamente:
―Este paseo no es lo bastante ancho para los cuatro, salgamos a la avenida.
Pero Elizabeth, que no tenÃa la menor intención de continuar con ellos, contestó muy sonriente:
―No, no; quédense donde están. Forman un grupo encantador, está mucho mejor asÃ. Una cuarta persona lo echarÃa a perder. Adiós.
Se fue alegremente regocijándose al pensar, mientras caminaba, que dentro de uno o dos dÃas más estarÃa en su casa. Jane se encontraba ya tan bien, que aquella misma tarde tenÃa la intención de salir un par de horas de su cuarto.