Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Intentaba provocar a Darcy para que se desilusionase de la joven, hablándole de su supuesto matrimonio con ella y de la felicidad que esa alianza le traerÃa.
―Espero ―le dijo al dÃa siguiente mientras paseaban por el jardÃn― que cuando ese deseado acontecimiento tenga lugar, hará usted a su suegra unas cuantas advertencias para que modere su lengua; y si puede conseguirlo, evite que las hijas menores anden detrás de los oficiales. Y, si me permite mencionar un tema tan delicado, procure refrenar ese algo, rayando en la presunción y en la impertinencia, que su dama posee.
―¿Tiene algo más que proponerme para mi felicidad doméstica?
―¡Oh, sÃ! Deje que los retratos de sus tÃos, los Phillips, sean colgados en la galerÃa de Pemberley. Póngalos al lado del tÃo abuelo suyo, el juez. Son de la misma profesión, aunque de distinta categorÃa. En cuanto al retrato de su Elizabeth, no debe permitir que se lo hagan, porque ¿qué pintor podrÃa hacer justicia a sus hermosos ojos?
―Desde luego, no serÃa fácil captar su expresión, pero el color, la forma y sus bonitas pestañas podrÃan ser reproducidos.
En ese momento, por otro sendero del jardÃn, salieron a su paso la señora Hurst y Elizabeth.