Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―¿Le apetecerÃa, señorita Bennet, aprovechar esta oportunidad para bailar un reel?
Ella sonrió y no contestó. Él, algo sorprendido por su silencio, repitió la pregunta.
―¡Oh! ―dijo ella―, ya habÃa oÃdo la pregunta. Estaba meditando la respuesta. Sé que usted querrÃa que contestase que sÃ, y asà habrÃa tenido el placer de criticar mis gustos; pero a mà me encanta echar por tierra esa clase de trampas y defraudar a la gente que está premeditando un desaire. Por lo tanto, he decidido decirle que no deseo bailar en absoluto. Y, ahora, desáireme si se atreve.
―No me atrevo, se lo aseguro.
Ella, que creyó haberle ofendido, se quedó asombrada de su galanterÃa. Pero habÃa tal mezcla de dulzura y malicia en los modales de Elizabeth, que era difÃcil que pudiese ofender a nadie; y Darcy nunca habÃa estado tan ensimismado con una mujer como lo estaba con ella. CreÃa realmente que si no fuera por la inferioridad de su familia, se verÃa en peligro.
La señorita Bingley vio o sospechó lo bastante para ponerse celosa, y su ansiedad porque se restableciese su querida amiga Jane se incrementó con el deseo de librarse de Elizabeth.