Persuasion & Sanditon

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—Las ideas de un joven de veintiuno o veintidós años —dijo— sobre los modales que deben observarse para dar buena impresión son más ridículas, en mi opinión, que las de ningún otro grupo de seres del mundo. La estupidez de su proceder sólo es comparable a la estupidez de sus miras.

Pero no debía dedicar sus reflexiones sólo a Anne, lo sabía; y no tardó en dirigirse de manera más general a los otros, y sólo de vez en cuando se permitió volver a Lyme.

Sus preguntas, no obstante, obtuvieron finalmente una crónica de la escena ocurrida allí poco después de irse él del pueblo, en la que había intervenido Anne: al hacer alusión a «un accidente», fue preciso que lo supiera todo. Y al preguntar él, empezaron a preguntar también sir Walter y Elizabeth; aunque no pasó inadvertida la diferente manera de preguntar. Anne sólo podía comparar al señor Elliot con lady Russell en su deseo de saber lo ocurrido, y en su preocupación por lo que debió de suponer para Anne presenciarlo.

Se estuvo una hora con ellos. El pequeño y elegante reloj de la chimenea dio «las once con tañidos argentinos», y ya empezaba a oírse a lo lejos la voz del sereno anunciando lo mismo, antes de que el señor Elliot y los demás tuvieran conciencia de que llevaban hablando tanto tiempo.


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