Persuasion & Sanditon

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Lady Russell tenía ahora totalmente formada su opinión sobre el señor Elliot. Estaba tan convencida de que se proponía conquistar a Anne con el tiempo como de que era digno de merecerla; y empezó a calcular cuántas semanas debían transcurrir para que prescribieran los impedimentos de la viudez y tuviera libertad para ejercer sus claros poderes de agradar. No quiso expresarle a Anne ni la mitad de la certeza que tenía sobre el particular; tan sólo aventuró alguna insinuación sobre la posibilidad de que el señor Elliot llegara a enamorarse de ella, y de lo deseable que sería esa alianza, en caso de que tal sentimiento fuera real, y correspondido. Anne la escucho, pero no profirió exclamación ninguna. Sonrió, se puso colorada, y meneó la cabeza.

—No soy ninguna casamentera, lo sabes muy bien —dijo lady Russell—, porque sé muy bien lo inseguros que son los acontecimientos y los cálculos humanos. Sólo quiero decir que si, pasado un tiempo, el señor Elliot te pretendiera, y tú le aceptaras, estoy convencida de que podríais ser felices juntos, lodo el mundo consideraría muy conveniente vuestra unión… yo, desde luego, la consideraría muy afortunada.

—El señor Elliot es un hombre de lo más agradable, y le tengo en un gran concepto en muchos sentidos —dijo Anne—; pero no congeniaríamos.

Lady Russell dejó pasar estas palabras, y se limitó a comentar, a modo de respuesta:


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