Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon Tuvo que consumir unos minutos, los menos posibles, en esa labor. Y cuando se sintió libre otra vez, cuando pudo volverse y mirar en la dirección de antes, el capitán Wentworth, entre reservado y presuroso, le dirigió unas palabras de despedida. «Quería desearle buenas noches. Se marchaba… tenía que regresar cuanto antes a casa».
—¿No le merece la pena quedarse a esta canción? —dijo Anne, súbitamente asaltada por una idea que la hizo desear mostrarse aún más alentadora.
—¡No! —contestó él, tajante—; no hay nada por lo que merezca la pena que me quede —y se fue.
¡Tenía celos del señor Elliot! Era el único motivo comprensible. ¡El capitán Wentworth estaba celoso de su afecto! ¡No lo habría imaginado unas semanas… tres horas antes! Por unos momentos sintió un intenso placer. Pero ¡ay! Otros pensamientos le vinieron a continuación. ¿Cómo iba a disipar esos celos? ¿Cómo le haría llegar la verdad? ¿Cómo, con todas las desventajas de sus respectivas posiciones, le haría saber sus verdaderos sentimientos? La llenaba de aflicción pensar en las atenciones del señor Elliot: su daño era incalculable.