Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon Diana era evidentemente la cabeza de la familia; la principal motora y actora: había estado de aquí para allá toda la mañana, ocupada en la gestión de la señora Griffiths o en la de ellos, y aún era la más activa de los tres. Susan sólo se había encargado de supervisar la mudanza final del hotel llevando dos pesadas cajas, y Arthur había encontrado el aire tan frío que se había limitado a ir de una casa a la otra lo más deprisa posible, y alardeó mucho de permanecer sentado junto al fuego hasta que se inventó una buena excusa; Diana, cuyo ejercicio había sido demasiado doméstico para ser digno de importancia, pero que, según sus propias palabras, llevaba siete horas sin sentarse ni una sola vez, confesó que estaba un poco fatigada. Había conseguido su propósito, aunque a base de mucho cansancio; porque no sólo había apalabrado por fin una casa apropiada para la señora Griffiths por ocho guineas a la semana a costa de andar de aquí para allá y de allanar mil dificultades; además se había puesto en contacto con cocineras, criadas, lavanderas y sirvientas de baño, a fin de que la señora Griffiths, a su llegada, tuviera poco más que hacer que mover la mano para juntarlas a su alrededor y escoger. Su último esfuerzo había sido escribir unas líneas atentas informando a la propia señora Griffiths, dado que la escasez de tiempo no le permitía extenderse en una relación detallada de lo efectuado hasta aquí, y ahora se recreó en las delicias de haber abierto los primeros cauces de una amistad cumpliendo con tan inesperada obligación.