Persuasion & Sanditon

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Ocupaban una de las casas de la Terraza, y Charlotte los encontró arreglados para la velada en un salón pequeño y elegante, con una hermosa vista al mar, si hubieran querido disfrutar de ella… Pero a pesar de haber hecho un hermoso día inglés, no sólo no tenían una sola ventana abierta, sino que el sofá, la mesa, y la disposición en general se hallaban en el otro extremo del salón, junto a un fuego animado. La señorita Parker, a la que Charlotte se acercó con cierta respetuosa compasión —recordando las tres muelas que le habían sacado en un día—, no era muy diferente de su hermana en figura y modales; aunque se la veía más delgada y estropeada a causa de las enfermedades y las medicinas, y tenía un aire más relajado, y una voz más apagada. No obstante, se pasó la velada hablando sin parar, igual que Diana; y salvo estar sentada con las sales en la mano, tomar dos o tres veces unas gotas de uno de los varios frasquitos que ya había desplegado en la repisa de la chimenea, y hacer gran cantidad de muecas y contorsiones extrañas, Charlotte no consiguió notar ningún síntoma de enfermedad que ella, con el atrevimiento que le daba su propia salud, no hubiera intentado curar apagando el fuego, abriendo la ventana, y tirando a la basura las gotas y las sales. Había sentido gran curiosidad por conocer al señor Arthur Parker. Y dado que le había imaginado un joven de aspecto enfermizo y endeble, se asombró al descubrirle tan alto como su hermano y mucho más fuerte: ancho, robusto, y sin otra anomalía que una piel empapada.


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