Persuasión

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Mientras él hablaba, ella escuchaba aquella misma voz y distinguía la misma sensibilidad. Casi todos los allí reunidos ignoraban las cuestiones relativas a la vida de un marino, de modo que el capitán era el centro de mil preguntas, especialmente dirigidas por las hermanas Musgrove, que no tenían ojos más que para él, acerca de las condiciones de la vida a bordo, empleo del tiempo, alimentación, etcétera, y la sorpresa que producían sus relatos le sugería ingeniosas bromas que traían al recuerdo de Anne aquellos días en que también ella, ignorante, había sido objeto de las burlas de él por suponer que los marinos vivían a bordo sin nada que comer, sin cocinero que lo preparase en caso de que lo hubiera, sin criados y aun sin cuchillos ni tenedores.

Anne se hallaba sumida en aquellas reflexiones, cuando Mrs. Musgrove, conmovida por tiernos recuerdos, exclamó sin poder contenerse:

—¡Ay, Anne! Si Dios no se hubiera llevado a mi pobre hijo, ahora sería como el capitán Wentworth.

Anne contuvo una sonrisa y escuchó bondadosamente, mientras Mrs. Musgrove se desahogaba, sin prestar por tanto atención a la conversación de los otros. Cuando ya estuvo en condiciones de hacerlo, observó que las Musgrove buscaban el catálogo de la Marina —su propio catálogo, el primero que hubo en Uppercross— y se sentaban para hojearlo con objeto de ver los barcos que el capitán Wentworth había mandado.


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