Persuasión
Persuasión —El primero fue el Áspid, recuerdo; vamos a ver el Áspid.
—No lo encontrará ahí. Ya ha sido desguazado. Fui el último capitán que tuvo. Ya entonces estaba casi fuera de servicio. Fue destinado al servicio de cabotaje por un año o dos, y a mí se me envió a las Indias Occidentales.
Las muchachas se miraron asombradas.
—En el Almirantazgo —prosiguió él— a menudo se entretienen enviando al mar a unos cuantos cientos de hombres en un barco inservible. Siempre disponen de mucha gente para esto, y como hay tantos, que lo mismo da que se ahoguen o no, es imposible seleccionar a aquellos que menos importa que mueran.
—¡Vaya, vaya! —exclamó el almirante—. ¡Qué cosas dicen estos muchachos! En su tiempo no hubo mejor bergantín que el Áspid. Entre los de antigua construcción, ninguno lo igualaba. ¡Fue usted muy afortunado al servir en él! Bien sabe que en aquel tiempo se habrían presentado veinte hombres mejores que usted a disputárselo. Tenía que ser un hombre de suerte para topar con semejante barco tan pronto y sin necesidad de competir con nadie.