Persuasión
Persuasión La emoción que se apoderó de Anne una vez que lo hubo descubierto la dejó muda y sin aliento. Lo único que pudo hacer fue disimular su turbación acercándose al pequeño Charles. La amabilidad de Frederick de acudir en su ayuda, las circunstancias que rodeaban el hecho, el silencio y el modo en que lo había llevado a cabo, junto con la convicción, que pronto se impuso a Anne por las palabras que al niño dirigió el capitán, de que lo que menos deseaba Wentworth era conversar con ella, hizo que no pudiera recuperarse de la sensación de zozobra hasta que la llegada de Mary y de las hermanas Musgrove, relevándola de sus ocupaciones de enfermera, le permitió abandonar la estancia. No podía continuar allí. Se le habría ofrecido una oportunidad para observar las corrientes de amor y celos que se cruzarían entre los cuatro…, ya que los cuatro estaban reunidos; pero nada pudo retenerla. No había duda respecto de la antipatía de Charles Hayter hacia Wentworth. Anne recordaba lo que aquél había dicho, después de que el capitán la librase de Walter, con tono de reconvención: «Deberías haberme hecho caso a mí, Walter, cuando te dije que no molestaras a tu tía»; lo que denotaba la contrariedad que le producía que el capitán Wentworth se le hubiera anticipado. Pero ni lo que pudiera haber en el alma de Charles Hayter ni en la de otro cualquiera logró interesarle hasta que no consiguió serenarse. Se avergonzó de sí misma; se avergonzó sinceramente de dejarse dominar por los nervios, pero tal era la realidad, y fue preciso un largo rato de soledad y reflexión para lograr el anhelado sosiego.