Persuasión

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Anne se cuidaba muy bien de no ponerse en el camino de nadie, y en las frecuentes separaciones a que daban lugar las estrechas sendas que cruzaban los campos permanecía junto a Mary y Charles. El placer que obtenía del paseo se reducía al ejercicio y a disfrutar de la belleza del día, a contemplar las últimas sonrisas del año en las hojas pardas y en los setos marchitos y a repetirse a sí misma mil descripciones poéticas del otoño, esa estación que es fuente inagotable de tiernas y melancólicas fantasías, esa estación que siempre inspiró a todo poeta digno de ser leído algún pasaje delicado y sugestivo.

Se hallaba sumida casi por completo en estas mudas reflexiones, pero no podía evitar, cuando llegaba a sus oídos la conversación que mantenía el capitán con Louisa y Henrietta, escuchar atentamente, aunque la verdad es que fue poco lo que oyó de interés. Mantenían, sencillamente, una charla animada, propia de un paseo íntimo entre gente joven. Él hablaba más con Louisa que con Henrietta, y no podía negarse que aquélla le gustaba más que ésta, lo cual pareció quedar más claro cuando Louisa pronunció una frase que dio a Arme que pensar. A propósito de una de las muchas frases de elogio que pronunciaban acerca de la magnificencia del día, exclamó el capitán:


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