Persuasión
Persuasión —¡No hablemos de eso, por favor! Lamento el que no se me haya ocurrido impedirlo. ¡Si hubiera hecho lo que pensaba! ¡Pero se mostraba tan resuelta! ¡Dulce y querida Louisa!
Ahora pensaba Anne si a él se le ocurrirÃa meditar acerca de sus propias opiniones respecto de las ventajas que reportan a la felicidad humana las personalidades firmes y resueltas, y si no serÃa un signo de discreción el que la tenacidad, como cualquier otra cualidad del alma, debe tener ciertos lÃmites. Por un instante pensó que tal vez Frederick considerara que un temperamento hasta cierto punto dócil a la influencia ajena contribuye en ocasiones a la dicha más que otro inflexible y rÃgido.
Marchaban a prisa. Anne se asombraba de volver a ver tan pronto las mismas colinas y los mismos paisajes. La velocidad que llevaban, junto con el temor de lo que les esperaba al llegar, hizo que el trayecto le pareciese más corto que el dÃa anterior. Ya hacÃa rato que iban en silencio, y Henrietta, acurrucada en el rincón, con el rostro envuelto en un rebozo, parecÃa dormir, cuando al remontar la última cuesta, el capitán Wentworth, dirigiéndose a Anne con voz baja y cautelosa, dijo: