Persuasión
Persuasión Anne estaba a punto de decirle si de verdad creía que una gorra y un gabán recibirían un trato tan poco cuidadoso, cuando sonó la campanilla de la puerta. ¿De quién podía tratarse a esas horas? ¡Eran las diez! Debía de ser Mr. Elliot, claro; sabían que seguramente cenaría en Lausdown Crescent. No tendría nada de particular que en el camino de regreso a su casa llamara a la puerta para averiguar cómo estaban. Mrs. Clay tenía la certeza de que sin duda se trataba de él; y estaba en lo cierto, pues con toda la ceremonia que podía esperarse de un criado que era a la vez lacayo y mayordomo, Mr. Elliot fue introducido en la estancia. Era él mismo, la misma persona, con otra indumentaria. Anne permaneció en un segundo plano, mientras el caballero prodigaba sus atenciones a los otros y presentaba a Elizabeth sus más sinceras excusas por visitarlos a una hora tan intempestiva; pero no podía pasar por allí sin experimentar el invencible deseo de entrar a cerciorarse de si ella o su amiga habían cogido un catarro el día anterior, etcétera; todo lo cual fue tan amablemente dicho como escuchado y agradecido. Y ahora le tocaba a ella entrar en escena. Sir Walter habló de su hija menor:
—Mr. Elliot, me va a permitir que le presente a la segunda de mis hijas…