Persuasión
Persuasión Éste era el principio que Anne quería imbuir en su padre. Estimaba como deber ineludible acabar con las demandas de los acreedores tan pronto como lo permitiera un discreto sistema de economía, y no veía en ello menoscabo de la dignidad alguno. Este criterio debía ser aceptado y considerado como una obligación. Confiaba en la influencia de Mrs. Russell, y en cuanto al grado de severa abnegación que su conciencia le dictaba, pensaba ella que una enmienda a medias supondría un esfuerzo mayor que un cambio absoluto. Conocía lo bastante a Elizabeth y a su padre para comprender que les dolería tanto privar a su carruaje de un par de caballos como de los dos, y lo mismo pensaba del resto de restricciones que componían la lista de Mrs. Russell.
La acogida que recibieron las rígidas medidas propuestas por Anne, poco importa. El caso fue que Mrs. Russell fracasó en su intento. ¡Aquello no podía ser! ¡Suprimir de un golpe todas las comodidades de la vida: viajes a Londres, caballos, criados, mesa! ¡Limitaciones y privaciones por todos lados! ¡Vivir sin el decoro que aun un caballero cualquiera se permite! No; antes abandonaría sir “Walter la residencia de Kellynch Hall que verse reducido a tan humilde estado.