Persuasión
Persuasión Anne no se mostró sorprendida, pero sí le desagradó el que Elizabeth simulara no haberlo reconocido. Sabía que ambos habían advertido la presencia del otro, y no se le escapaba que el capitán esperaba que Elizabeth lo saludase como a un antiguo conocido; pero con dolor la vio desviar su mirada con glacial indiferencia. Llegó, al fin, el coche de Mrs. Dalrymple, que Elizabeth esperaba con impaciencia; un lacayo entró para anunciarlo. Empezaba a llover de nuevo, pero aún hubo retraso, alboroto y charla suficientes para que la escasa concurrencia que había en la tienda se enterase de que Mrs. Dalrymple venía a recoger a miss Elliot. Por fin, ésta y su amiga, con la única escolta del lacayo —pues Mr. Elliot aún no había regresado—, salieron de la tienda. Después de mirarlas fijamente, el capitán Wentworth se volvió hacia Anne y se ofreció cortésmente con un gesto, si no con palabras, a acompañarla.
—Se lo agradezco mucho —respondió ella—, pero no iré en el coche. No hay sitio para todas. Regresaré a pie; prefiero pasear.
—¡Pero si está diluviando!
—No es más que una llovizna sin importancia.
Al cabo de una breve pausa, el capitán le enseñó el paraguas y dijo: