Persuasión
Persuasión —SÃ; me disgusta esa carrera porque tengo dos cosas fundamentales que objetarle; primero, que es un medio de elevar a posiciones inmerecidas a personas de humilde nacimiento, de que obtengan honores con los que sus padres y abuelos jamás soñaron. Y segundo, que destruye de manera terrible la juventud y el vigor. Un marino envejece antes que cualquier otro hombre; lo he observado personalmente. En esa clase de vida toda persona está expuesta a la insolencia de un advenedizo, por no hablar del peligro de sufrir achaques prematuros. La primavera pasada me hallaba en la ciudad cuando cierta tarde vi a dos hombres que son ejemplo palpable de lo que digo; me refiero a lord St. Ivés, cuyo padre fue un simple pastor que no tenÃa ni un trozo de pan que llevarse a la boca, y cierto almirante Baldwin, hombre de la peor catadura que pueda imaginarse. El rostro de éste, del color de la caoba, tosco y peludo, estaba surcado de arrugas; tenÃa nueve pelos grises a un lado de la cabeza, y sólo una mancha de polvos en la coronilla. «¡En el nombre del Cielo! ¿Quién es este vejestorio?», pregunté a sir Basil, un amigo mÃo que se encontraba allÃ. «Es el almirante Baldwin», respondió, y añadió: «¿Qué edad le echa usted?» «Sesenta o sesenta y dos años», respondÃ. «Cuarenta», contestó sir Basil, «y ni uno más». Figuraos mi estupefacción. No olvidaré fácilmente al almirante Baldwin. Jamás he visto ejemplar más miserable de lo que produce la vida en el mar, aunque, en mayor o menor medida, a todos los marinos les ocurre lo mismo. Siempre recibiendo golpes, aguantando la inclemencia de todos los climas y sufriendo la furia de los temporales, hasta que se quedan que no se los puede mirar. Más le valdrÃa recibir al principio un buen golpe en la cabeza que llegar a la edad del almirante Baldwin.