Persuasión
Persuasión El capitán Wentworth, dueño de veinticinco mil libras y ocupando en su profesión el puesto a que lo hacían acreedor su mérito y sus esfuerzos, ya no era un don nadie. Podía aspirar dignamente a la hija de un baronet necio y derrochador que no había tenido juicio ni criterio suficientes para mantenerse en la posición en que la Providencia lo había ubicado, y que sólo podía entregar a su hija una pequeña parte de las diez mil libras que habían de corresponderle más adelante.
Aunque ni el afecto superficial de sir Walter por Anne ni la calidad del yerno, insuficiente para envanecerse de él, no bastase para hacerle considerar el suceso como un fasto glorioso, tampoco consideró que aquella unión fuese humillante o desventajosa. Por el contrario, al conocer mejor al capitán Wentworth, al mirarlo detenidamente a la luz del día, se sintió gratamente sorprendido por su gallardía y reconoció sin ambages que el mérito singular de la figura competía digna y noblemente con el rango elevado de la novia. Y estas impresiones favorables, unidas al nombre sonoro del capitán, lo indujeron a coger la pluma para consignar, con muy buen talante, el matrimonio en el libro de honor.