Persuasión
Persuasión Anne había estado allí con frecuencia. Conocía los senderos de Uppercross tan bien como los de Kellynch. Tan unidas se hallaban las familias de ambas casas y tal era su costumbre de entrar y salir a todas horas de las respectivas viviendas, que al llegar casi le sorprendió encontrar sola a Mary. Eso sí, era de lo más corriente que ésta se hallase a solas y se sintiese mal y enfadada. Aunque de mejor condición que la hermana mayor, Mary no tenía el entendimiento de Anne ni su apacible y sincero modo de ser. Mientras se encontraba bien, dichosa y mimada, se mostraba de buen humor, pero la indisposición más ligera la sumía en el abatimiento. No soportaba la soledad, y como había heredado una buena parte del engreimiento de los Elliot, era muy dada a añadir a cualquier otro motivo de disgusto el de considerarse abandonada y maltratada. En cuestión de belleza no podía compararse a ninguna de sus hermanas; ni en sus mejores años alcanzó honor más elevado que el de ser una «guapa muchacha». En aquel momento estaba sentada en el sofá del saloncito, cuyo mobiliario, en tiempos elegante, se hallaba deslucido por la influencia de cuatro veranos y la labor demoledora de dos inquietos pequeñuelos. Al entrar Anne, Mary exclamó:
—¡Al fin has llegado! Empezaba a creer que nunca más te vería. Me encuentro tan mal que apenas tengo fuerzas para hablar. ¡No he visto a nadie en toda la mañana!