Sentido y sensibilidad

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CAPÍTULO II

La señora de John Dashwood se instaló como dueña y señora de Norland, y su suegra y cuñadas descendieron a la categoría de visitantes. En tanto tales, sin embargo, las trataba con tranquila urbanidad, y su marido con tanta bondad como le era posible sentir hacia cualquiera más allá de sí mismo, su esposa e hijo. Realmente les insistió, con alguna tenacidad, para que consideraran Norland como su hogar; y dado que ningún proyecto le parecía tan conveniente a la señora Dashwood como permanecer allí hasta acomodarse en una casa de la vecindad, aceptó su invitación.

Quedarse en un lugar donde todo le recordaba antiguos deleites, era exactamente lo que sentaba a su mente. En los buenos tiempos, nadie tenía un temperamento más alegre que el de ella o poseía en mayor grado esa optimista expectativa de felicidad que es la felicidad misma. Pero también en la pena se dejaba llevar por la fantasía, y se hacía tan inaccesible al consuelo como en el placer estaba más allá de toda moderación.

La señora de John Dashwood no aprobaba en absoluto lo que su esposo se proponía hacer por sus hermanas. Disminuir en tres mil libras la fortuna de su querido muchachito significaría empobrecerlo de la manera más atroz. Le imploró pensarlo mejor. ¿Cómo podría justificarse ante sí mismo si privara a su hijo, su único hijo, de tan enorme suma?


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