Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad Elinor contempló con gran inquietud el ánimo decaído de su amigo. La satisfacción que le ofrecía su visita era bastante parcial, puesto que el placer que él mismo obtenía parecía tan imperfecto. Era evidente que era desdichado, y ella habría deseado que fuera igualmente evidente que aún la distinguía por el mismo afecto que alguna vez estaba segura de haberle inspirado; pero hasta el momento parecía muy dudoso que continuara prefiriéndola, y su actitud reservada hacia ella contradecía en un instante lo que una mirada más animada había insinuado el minuto anterior.
A la mañana siguiente las acompañó a ella y a Marianne en la mesa del desayuno antes de que las otras hubieran bajado; y Marianne, siempre ansiosa de impulsar, en lo que le era posible, la felicidad de ambos, pronto los dejó solos. Pero no iba aún por la mitad de las escaleras cuando escuchó abrirse la puerta de la sala y, volviéndose, quedó estupefacta al ver que también Edward salía.
—Voy al pueblo a ver mis caballos —le dijo—, ya que todavía no estás lista para desayunar; volveré muy luego.
