Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad Tras una o dos horas pasadas en lo que su madre llamaba una tranquila charla o, en otras palabras, innumerables preguntas de la señora Jennings sobre todos sus conocidos, y risas sin motivo de la señora Palmer, la última propuso que todas la acompañaran a algunas tiendas donde tenía que hacer esa mañana, a lo cual la señora Jennings y Elinor accedieron prontamente, ya que también tenían algunas compras que hacer; y Marianne, aunque declinó la invitación en un primer momento, se dejó convencer de ir también.
Era evidente que, dondequiera fuesen, ella estaba siempre alerta. En Bond Street, especialmente, donde se encontraba la mayor parte de los lugares que debían visitar, sus ojos se mantenían en constante búsqueda; y en cualquier tienda a la que entrara el grupo, ella, absorta en sus pensamientos, no lograba interesarse en nada de lo que tenía enfrente y que ocupaba a las demás. Inquieta e insatisfecha en todas partes, su hermana no logró que le diera su opinión sobre ningún artículo que quisiera comprar, aunque les atañera a ambas; no disfrutaba de nada; tan sólo estaba impaciente por volver a casa de nuevo, y a duras penas logró controlar su molestia ante el tedio que le producía la señora Palmer, cuyos ojos quedaban atrapados por cualquier cosa bonita, cara o novedosa; que se enloquecía por comprar todo, no podía decidirse por nada, y perdía el tiempo entre el éxtasis y la indecisión.