Sentido y sensibilidad

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CAPĂŤTULO IV

—Qué lástima, Elinor —dijo Marianne—, que Edward carezca de gusto para el dibujo.

—Que carezca de gusto para el dibujo… ¿y qué te hace pensar eso? —replicó Elinor—. El no dibuja, es cierto, pero disfruta enormemente viendo dibujar a otras personas y, puedo asegurártelo, de ninguna manera está falto de un buen gusto natural, aunque no se le ha ofrecido oportunidad de mejorarlo. Si alguna vez hubiera tenido la posibilidad de aprender, creo que habría dibujado muy bien. Desconfía tanto de su propio juicio en estas materias que siempre es reacio a dar su opinión sobre cualquier cuadro; pero tiene una innata finura y simplicidad de gusto que, en general, lo guía de manera perfectamente adecuada.

Marianne temía ser ofensiva y no dijo nada más acerca del tema; pero la clase de aprobación que, según Elinor, despertaban en él los dibujos de otras Personas estaba muy lejos del extasiado deleite que, en su opinión, era exclusivo merecedor de ser llamado gusto. No obstante, y aunque sonriendo para sí misma ante el error, rendía tributo a su hermana por esa ciega predilección por Edward que la llevaba a así equivocarse.


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