Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad Pero Elinor sí tenía algo más que hacer; y estaba tan ansiosa, por él y por ella, de hacerlo bien, que tras un momento de reflexión se obligó a darle la bienvenida con un aire y modales casi desenvueltos y casi llanos; y esforzándose y luchando consigo misma un poco más, incluso logró mejorarlos. No iba a permitir que la presencia de Lucy o la conciencia de alguna injusticia hacia ella le impidieran decir que estaba contenta de verlo y que había lamentado mucho no estar en casa cuando él había ido a Berkeley Street. Tampoco iba a dejarse arredrar por la observadora mirada de Lucy, que no tardó en sentir clavada en ella, privándolo de las atenciones que, en tanto amigo y casi pariente, se merecía.
La actitud de Elinor tranquilizó a Edward, que encontró ánimo suficiente para sentarse; pero su turbación todavía era mayor que la de las jóvenes en un grado explicable por las circunstancias, aunque no fuera corriente tratándose de su sexo, pues carecía de la frialdad de corazón de Lucy y de la tranquilidad de conciencia de Elinor.
Lucy, luciendo un aire recatado y plácido, parecía decidida a no contribuir en nada a la comodidad de los otros y se mantuvo en completo silencio; y casi todo lo que se dijo nació de Elinor, que debió ofrecer voluntariamente todas las informaciones sobre la salud de su madre, su venida a la ciudad, etc., que Edward debió haber solicitado, y no solicitó.