Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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Sus afanes no terminaron ahí, pues poco después se sintió heroicamente dispuesta a tomar la decisión de dejar a Lucy y Edward solos, con la excusa de ir a buscar a Marianne; y en verdad lo hizo, y con la mayor galanura, pues se detuvo varios minutos en el descansillo de la escalinata, con la más altiva entereza, antes de ir en busca de su hermana. Cuando lo hizo, sin embargo, debieron cesar los arrebatos de Edward, pues la alegría de Marianne la arrastró de inmediato al salón. Su placer al verlo fue como todas sus otras emociones, intensas en sí mismas e intensamente expresadas. Fue a su encuentro extendiéndole una mano, que él tomó, y saludándolo con voz donde era manifiesto un cariño de hermana.

—¡Querido Edward! —exclamó—. ¡Este sí es un momento feliz! ¡Casi podría compensar todo lo demás!

Edward intentó responder a su amabilidad tal como se lo merecía, pero ante tal testigo no se atrevía a decir ni la mitad de lo que en verdad sentía. Volvieron a sentarse, y durante algunos momentos todos guardaron silencio; Marianne, entre tanto, observaba con la más expresiva ternura unas veces a Edward, otras a Elinor, lamentando únicamente que el placer de ambos se viera estorbado por la inoportuna presencia de Lucy. Edward fue el primero en hablar, y lo hizo para referirse al aspecto cambiado de Marianne y manifestar su temor de que Londres no le sentara bien.


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