Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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—¡Oh, no pienses en mí! —replicó ella con animosa entereza, aunque se le llenaron los ojos de lágrimas al hablar—, no pienses en mi salud. Elinor está bien, como puedes ver. Eso debiera bastarnos a ti y a mí.

Esta observación no iba a hacerles más fácil la situación a Edward y a Elinor, ni tampoco conquistaría la buena voluntad de Lucy, quien miró a Marianne con expresión nada benévola.

—¿Te gusta Londres? —le dijo Edward, deseoso de decir cualquier cosa que permitiera cambiar de tema.

—En absoluto. Esperaba encontrar grandes diversiones aquí, pero no he hallado ninguna. Verte, Edward, ha sido el único consuelo que me ha ofrecido; y ¡gracias a Dios!, tú no has cambiado.

Hizo una pausa; nadie dijo nada.

—Creo, Elinor —agregó Marianne después de un rato—, que debemos pedir a Edward que nos acompañe en nuestra vuelta a Barton. Estaremos partiendo en una o dos semanas, me imagino; y confío en que él no se negará a aceptar esta solicitud.

El pobre Edward masculló algo, pero qué fue, nadie lo supo, ni siquiera él. Pero Marianne, que se dio cuenta de su agitación y que sin mayor esfuerzo era capaz de atribuirla a cualquier causa que le pareciera conveniente, se sintió completamente satisfecha y muy pronto comenzó a hablar de otra cosa.


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