Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad Al tercer día tras haberse enterado de los pormenores del asunto, el clima fue tan agradable, un domingo tan hermoso, que muchos se dirigieron a los jardines de Kensington, aunque recién corría la segunda semana de marzo. La señora Jennings y Elinor estaban entre ellos; pero Marianne, que sabía que los Willoughby estaban de nuevo en la ciudad y vivía en constante temor de encontrarlos, prefirió permanecer en casa antes que aventurarse a ir a un lugar tan público.
Poco después de haber llegado al parque, se les unió y siguió con ellas una íntima amiga de la señora Jennings, a la cual ésta dirigió toda su conversación; Elinor no lamentó esto en absoluto, porque le permitió dedicarse a pensar tranquilamente.
No vio ni trazas de los Willoughby o de Edward, y durante algún rato de nadie que de una u otra forma, grata o ingrata, le fuera interesante. Pero al final, y con una cierta sorpresa de su parte, se vio abordada por la señorita Steele, quien, aunque con algo de timidez, se manifestó encantada de haberse encontrado con ellas, y a instancias de la muy gentil invitación de la señora Jennings, dejó por un momento a su propio grupo para unírseles. De inmediato, la señora Jennings se dirigió a Elinor en un susurro:
—Sáquele todo, querida. A usted la señorita Steele le contará cualquier cosa con sólo preguntárselo. Ya ve usted que yo no puedo dejar a la señora Clarke.