Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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Elinor intentó cambiar de tema, pero era imposible alejar a la señorita Steele por más de un par de minutos de lo que ocupaba el primer lugar en su mente.

—Edward habla de irse pronto a Oxford —dijo—, pero por el momento está alojado en el N°… de Pall Mall. Qué mala persona es su madre, ¿no? ¡Y su hermano y su cuñada tampoco fueron muy amables! Pero no le voy a hablar a usted en contra de ellos; y con todo, nos enviaron a casa en su propio carruaje, lo que fue más de lo que yo esperaba. Y por mi parte, yo estaba aterrada de que su cuñada fuera a pedir que le devolviéramos los acericos que nos había dado uno o dos días atrás; pero nada se dijo sobre ellos, y me cuidé de mantener el mío fuera de la vista de los demás. Edward dice que tiene que arreglar algunos asuntos en Oxford, así que debe ir allá por un tiempo; y después, apenas consiga a un obispo, se ordenará. ¡Qué curiosidad me da saber qué parroquia le darán! ¡Dios bendito! —continuó con una risita tonta—, apostaría mi vida a que sé lo que dirán mis primas cuando lo sepan. Me dirán que le escriba al reverendo, para que le dé a Edward la parroquia de su nuevo beneficio. Sé que lo harán; pero le digo que por nada del mundo haría tal cosa. «¡Ay!», les diré directamente, «como pueden pensar tal cosa. Yo escribirle al reverendo… ¡por favor!».

—Bueno —dijo Elinor—, es un alivio estar preparada para lo peor. Ya tiene lista su respuesta.


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