Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad La satisfacción de Elinor en el momento de la partida fue más real. Nada había en Londres que entretuviera sus pensamientos y permaneciera en sus recuerdos; a nadie dejaba atrás de quien separarse para siempre le significara ni un instante de pena; le alegraba liberarse de la persecución de la amistad de Lucy; estaba agradecida por alejar de allí a su hermana sin que se hubiese encontrado con Willoughby desde su matrimonio, y tenía puestas sus esperanzas en lo que unos pocos meses de tranquilidad en Barton podrían hacer para devolver la paz de espíritu a Marianne, y afianzar la suya propia.
El viaje transcurrió sin contratiempos. El segundo día los llevó al querido, o repudiado, condado de Somerset, que así aparecía por turnos en la imaginación de Marianne; y en la mañana del tercer día llegaron a Cleveland.
Cleveland era una casa amplia, de moderna construcción, ubicada en la pendiente de una loma cubierta de pasto. No tenía parque, pero los jardines de agrado eran de buen tamaño; y como cualquier otro lugar de la misma importancia, tenía su monte bajo y su alameda; por un camino de grava lisa que circundaba una plantación se llegaba al frontis de la casa; el césped estaba salpicado de árboles; la casa misma se erguía al amparo de abetos, serbales y acacias, y todos juntos, entreverados con altos chopos lombardos, formaban una espesa barrera que ocultaba la vista de las dependencias.