Sentido y sensibilidad

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CAPÍTULO XLIV

Elinor, retrocediendo con una mirada de horror al verlo, obedeció al primer impulso de su corazón y se volvió a toda prisa para abandonar la habitación; su mano ya se encontraba en el tirador de la puerta cuando Willoughby la detuvo al avanzar rápidamente hacia ella y decirle, en un tono más imperativo que suplicante:

—Señorita Dashwood, media hora… diez minutos… le ruego que se quede.

—No, señor —replicó ella con firmeza—, no me quedaré. Nada tengo que ver yo en sus asuntos. Supongo que los criados olvidaron decirle que el señor Palmer no se encontraba en casa.

—Aunque me hubieran dicho —exclamó él con gran vehemencia— que el señor Palmer y toda su parentela estaban en el infierno, no me habrían movido de la puerta. Es con usted que quiero hablar, sólo con usted.

—¡Conmigo! —había enorme asombro en su voz—. Bien, señor… sea rápido, y si le es posible, menos vehemente.

—Siéntese, y acataré ambas órdenes.


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